EL BOTÓN de Juan Ursic Leal
6 January 2012
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EL BOTÓN.
El sol tomó su saco de labriego y comenzó a lanzar semillas de luz sobre el dormido valle. Cuando el gallo rompió el silencio en mil pedazos y las aves abrieron su ritual concierto, el amanecer se extendió sobre Chinchol.
Gumersindo Alderete abrió sus ojos pardos y con decisión bajó los pies al tablado en busca de las pantuflas. Sentado a orillas del catre de fierro y bronce, giró, y sus nervudas manos se posaron en las
amplias caderas de su mujer. Con un susurro suave e imperativo advirtió: “Es hora Rosa, es hora”. Los atuendos recién comprados, en la capital, estaban distribuidos ordenadamente.
Sin atolondramientos, con mutuas ayudas, fueron cubriendo sus cuerpos, finalmente se observaron y satisfechos dieron por concluida la tarea. El desayuno fue más corto y silencioso que de costumbre.
Gumersindo, con las piernas levemente separadas se paró con aplomo frente al portal de la casona, su vista recorrió el gran valle, mientras su mente repasó el esforzado pasado y pensó en su promisorio futuro. Hoy era el gran día, su vida iba a cambiar en un antes y un después.
Shazam robusto can, abandonó la perrera y moviendo la cola fue en busca del hueso, que diariamente acostumbraba arrebatar, tras un descomunal forcejeo, de las manos de su amo. No habiendo hueso ni ánimo de juego, se echó, posando su húmedo belfo en la hierba.
Cuando la antigua y bien cuidada Chevrolet estuvo cargada, tomaron rumbo al pueblo. Sentados en la parte trasera, junto a los trastos, iban el Mañungo, la Cándida y por supuesto el adormilado Shazam. Lento, para no levantar polvo bajaron el cerro deteniéndose frente a la arbolada plaza del pueblo. Doña Hermelinda secretaria de la Ilustre Municipalidad de Chinchol dio la bienvenida a la señora Rosa, acto seguido con no disimulado orgullo informó a Gumersindo: “Alcalde, está todo listo”. Juntos entraron al corralón aledaño al edificio consistorial. Las mesas estaban correctamente
engalanadas, y el personal daba los últimos toques.
Gumersindo enfiló directamente hacia la cocina, su objetivo era dar el visto bueno a la cazuela de osobuco. Si de algo podían vanagloriarse los Chincholeses era la de producir las mejores carnes de la región y de preparar la mejor “ Cazuela de Osobuco”, plato por lo demás preferido por el Alcalde.
El recientemente electo Presidente de la República, había prometido, en campaña, una visita a Chinchol en agradecimiento a sus habitantes y al Alcalde, por el fervoroso y mayoritario apoyo a su candidatura. Y, como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, minutos antes del mediodía se escuchó el pitazo del tren, que traía a la ilustre visita, quien concurría al lugar para dar cumplimiento a su promesa. El pueblo se agolpó en el andén, y cuando el esperado personaje pisó la alfombra roja, rompieron el silencio con aplausos, vítores y consignas. El homenajeado levantó su brazo, respondiendo al saludo con el símbolo de la victoria. De imponente estatura, vestía sobriamente un pantalón negro y una chaqueta blanca, que por su corte y sus brillantes botones dorados evidenciaban claramente su pasado militar. La Banda del pueblo dio inicio a una conocida marcha y todos emprendieron el camino hacia la plaza, con un andar extraño, que oscilaba entre
un paseo y un desfile marcial.
Se interpretó la Canción Nacional, los discursos fueron brevísimos, ya que ambas autoridades, anfitrión e invitado, eran de pocas palabras. Después que el cura bendijo el estandarte y las camisetas regaladas por su Excelencia al Club Deportivo Chinchol Unido, se dio fin a la ceremonia y todos se encaminaron a la Ilustre Municipalidad.
Gumersindo henchido de placer y orgullo levantó su copa y con un versificado brindis, invitó al homenajeado a degustar el buen “Pipeño” y la “Cazuela de Osobuco”, productos autóctonos y orgullo de los lugareños. El grito de : ¡Salud! del Alcalde, fue como la bajada de bandera, para dar paso a las contenidas emociones. El ambiente se llenó de alegres conversaciones, picaros requiebros y jocosos chismes. En la mesa oficial los comensales se sumaron al ambiente distendido y coloquial de la muchedumbre. Don Gume al sorber la última cucharada de caldo, fijó su golosa mirada en la gorda médula y al querer separarla del hueso, después de varios intentos, se convenció que con el cubierto no lograría su objetivo. Aprovechó el momento en que el Presidente se volteó para hablar con doña Rosa y no sintiéndose observado, tomó la presa con la mano, empujando la médula, con el dedo índice. Momento fatal, el dedo quedó preso en el hueco del hueso. De la sorpresa pasó al pánico, de inmediato bajó los brazos, con disimulo y rápidos movimientos trató de liberar el atascado dedo. La
sonrisa de fachada se congeló en su rostro, cuando comprobó que Shazam se había apoderado del hueso y comenzaba a tironear con vigor. Don Gume tenía plena conciencia de lo que podía hacer su perro en materia de arrastre, por lo que se dispuso a hacer resistencia, pero sus puntos de apoyo eran escasos y fue perdiendo terreno, mientras el fornido animal como un tractor en reversa, inició el retroceso lento pero seguro. Gumersindo empezó a desaparecer inexorablemente de su puesto en la mesa, se iba hundiendo, lentamente, centímetro a centímetro. Con la frente perlada de transpiración, trataba de pensar, mientras sus desorbitados ojos escudriñaban, para ver si alguien reparaba en su
tragedia. Afortunadamente el pipeño ya había hecho su efecto y todos estaban embebidos en su propio mundo. Cuando el Alcalde desapareció de la mesa, nadie reparó en ello. Era el fin del fin. El pobre hombre, vencido, calló de rodillas al suelo. Allí debajo de la mesa, en actitud suplicante, se enfrentó cara a cara con su perro. Shazam sin soltar el hueso movía la cola demostrando su “contentura”, convencido de que esta era una jugarreta más, de las que a diario efectuaba con su amo. Gumersindo Alderete, conocedor de este juego, con espanto se percató de como el noble bruto
tensaba sus músculos para el asalto final. Ya sea por el ángulo, por la sudoración de la mano o por mera fortuna, el hechoes que al aplicar el tirón de la victoria, el formidable Shazam, desapareció de
escena llevándose consigo el fatídico hueso. Alderete jadeante y en posición cuadrúpeda solo pensaba aceleradamente como volver con dignidad a la mesa, cuando de pronto la solución, brilló ante sus
ojos. Estiraba la mano, para recoger el dorado objeto, cuando el Presidente lo tomó del hombro y con su vozarrón de mando preguntó: ¿Qué anda haciendo, hombre, debajo de la mesa?. Gumersindo
Alderete Medina, ágilmente se puso de pié y con entusiasmo casi infantil dijo: “Su botón General, se había caído su botón”.
La noche comenzaba a colgar una a una las sombras del atardecer y el sol satisfecho de su labranza recogía sus últimos rayos. Don Gume sentado frente a su casa miraba el valle y mientras acariciaba la testa de Shazam, pensaba que el brillante y redondo botón dorado, de la chaqueta, del General tendría mucho que ver con el sol de Chinchol.
Concluído el día 7 de mayo del 2011 a las 01,46 horas.










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